miércoles, 19 de agosto de 2009

El Petronio: Entre tradiciones y músicas del mundo



Por: Ana María Arango

El Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez ha sufrido importantes transformaciones. Es un festival mucho más calificado en términos tecnológicos, mucho más abierto a nuevas expresiones, mucho más preparado en términos logísticos y definitivamente mucho más internacional y cosmopolita. Todas estas transformaciones, han propiciado a la vez un cambio de sentido del festival para las comunidades que lo tienen como propio y que lo han convertido en un ícono de “afrocolombianidad”. El Petronio, al ser más abierto en sus manifestaciones y al constituirse como espacio cosmopolita ya no le pertenece solamente a la gente del Pacífico; ya las colonias no se reconocen en él y se desdibujan en medio de tantos “multicultis”[1].

Pero a nivel musical el Petronio de este año no presentó mayores variaciones con respecto al anterior. Nos encontramos con un panorama de la música de marimba absolutamente rejuvenecido, con una nueva categoría de violín caucano con mayor presencia que tiene el reto de convencer y conquistar a un público, con una representación de la chirimía más bien reducida y poco convincente, y con una categoría libre que aparentemente presentaba nuevos grupos pero que en realidad son los mismos con diferentes nombres.

En conclusión los mejor parados fueron los conjuntos de marimba. Pero este hecho no es gratuito; la marimba en los últimos tres años ha recibido un impulso preponderantemente político que se ha evidenciado en la propagación de escuelas y festivales y en la explotación iconográfica del formato por parte del mercado y de los medios de comunicación. Y no es de extrañar que esto suceda; esta situación responde a un fenómeno global en el cual las músicas tradicionales son devoradas por el mercado de la world music o las llamadas músicas del mundo. De esta manera sin importar la función social tradicional que los músicos y músicas cumplen en sus contextos locales, éstas y estos son tomados, exhibidos, escenificados y exotizados. Marcar la frontera entre reconocimiento y valoración del patrimonio y el canibalismo del mercado y las industrias culturales no resulta para nada fácil. Y son precisamente las políticas públicas las que deben propender por la revitalización de las manifestaciones sin caer en fetiches y explotación.

A diferencia de la marimba, el conjunto de chirimía no es exótico; no se hacen evidentes en él las “huellas africanas” de sus instrumentos ni los cantos responsoriales de raras disonancias… por lo tanto no resulta fácil convertir a la chirimía en un fetiche para el mercado y los medios de comunicación. Así, es un producto que no se vende tan fácil como la marimba a las lógicas y categorías de las músicas del mundo. Este hecho no es ni bueno ni malo. Tiene como ventaja que los músicos y productores locales tienen mayor control sobre sus repertorios y productos y como desventaja que la falta de diálogo y de visibilidad por parte del mercado y los sectores mediáticos ponen a los mismos en una zona de comodidad peligrosa en donde no hay nuevos retos y nos contentamos con muy poco. Ante esta situación tanto el gremio como las políticas públicas tienen la responsabilidad de vigorizar las agrupaciones, visibilizarlas y fortalecerlas a través de procesos formativos. Además, por otra parte, el Festival Petronio Álvarez tiene la responsabilidad de pensarse, ver su rol en la legitimación y deslegitimación de formas, formatos y estilos musicales y consolidar unos criterios claros de calificación y elección de jurados. Este año por ejemplo, vimos un jurado muy poco equilibrado que se caracterizó por la preponderancia de intelectuales y folkloristas y la escasez de músicos locales con conocimientos técnicos. Esta situación se vio claramente en el veredicto y repercute en los rumbos y nuevas lecturas que la comunidad tanto afro como mestiza tienen del festival y sus manifestaciones.


[1] Mestizos enamorados de la diversidad cultural y específicamente de las minorías étnicas.